Blog de madameboba

La casa del bosque

Caminaron los más lejos que pudieron, ella sentía palpitar las sienes por el frenesí de la huida, la excitación de marcharse con él dejando atrás todo lo que conocía.

Penetraron en el odioso bosque de Méjico y su espesor negro les engulló.

Ella avanzaba muy lentamente; arrastraba empujando los pies por miedo a tropezar, desorientada, el olor a pino y a sal, la hacía temblar. Para asegurar su camino, ella se apoyaba en él y él la agarraba apretando más fuerte su mano. Se adentraban entre los árboles, mientras las hojas crujían a cada paso ella empezó a sentir el roce de las espinosas ramas sobre sus tobillos, al principio sólo eran pequeños rasguños, pero al cabo de un rato le ardían todas las piernas de la quemazón. Ella se empezó a quejar pero él no la escuchó; sintió la respiración cortada de él, al apartar con fuerza los corpulentos brazos de los árboles para seguir adentrándose en las profundidades de aquél odioso bosque. Empezó a tener miedo y dudas, cada vez con más violencia él la empujaba a continuar, una racha de viento helado y húmedo acarició su nuca y empezó a sudar frío, agotada y con la garanta seca, trató de gritar y notó cómo el barro se deslizó bajo sus pies y un chasquido le quebró la rodilla; él entonces la cogió en brazos. Siguió caminando entre la pesadez del bosque.

Mareada, alargó los dedos para descubrir su rostro, recordó cómo lo había hecho antes, una y otra vez, lo que entonces era amable, había tornado en dura inexpresión, casi inerte, ya no estaba él, ése amor prohibido al que se permitió entregarse una vez, en una tarde de otoño. Cuando quiso gritar sintió torcerse la piel del cuello y con un ahogo vomitó, ya no pudo continuar.

Él la apoyó inerte en un árbol y siguió avanzando entre los densos árboles del odioso bosque. Por fin llegó y observó la casa satisfecho, trepaban ramas gruesas y húmedas por los muros desconchados. Paredes que otrora fueron blancas, el aire asfixiante y mojado evitaba que apenas penetrara la luz por ningún lado. La niebla se comía los pocos rincones desnudos, cómo una pesada y lúgubre masa, al apartar la maleza sintió un hedor a putrefacción, se acordó de las otras mujeres y se sonrío, se apoyó quieto, casi sin respirar y la puerta se abrió. Al rato salió a por ella, con un viejo carro oxidado, notó sobre la cabeza un pequeño haz de luz, se sintió mejor, recuperado, algo más fuerte y relajado, iba casi contento, despreocupado. Atravesó los caminos del bosque que sólo él conocía y la encontró, postrada en el suelo, tenía los pelos pegados a la piel morada de su cuerpo desnudo, su boca dibujaba un grito sin aliento y sus ojos abiertos, ya no miraban nada. La recogió, la cargó en su carro roto y volvió por el odioso bosque hasta su vieja casa.

Paloma Méndez-Castrillón



Comentarios

No hay ningún comentario

Añadir un Comentario: